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viernes, 21 de junio de 2013

Santiago Gallardo: El renacer de la esperanza en Ailitupu

La vida del estudiante indígena ganador de la oratoria nacional 2011, en su isla natal, casi sumergida por el cambio climático y el olvido. La química que lo llevó al triunfo, los secretos y las anécdotas que no se vieron en la pantalla de TV


Textos y fotos: Luis A. González González
PANAMÁ, COMARCA GUNA YALA.  En la pequeña isla de Ailitupu algunas noches son de cine improvisado. Chucky endiablado perseguía con cuchillo en mano a una mujer gritona y sentados en la tierra, en banquitas o en alguna hamaca compartida entre tres, se agrupaban como suricatos las siluetas de cabellos espinosos de niños y adolescentes. Miraban atentos la escena de esa película vieja como si acabara de estrenarse.
La luz de la pantalla del televisor 12 pulgadas, conectado a un aparato DVD, revelaba apenas sus cuerpecitos en la oscuridad juiciosa, con uno que otro murmullo. Todos bajo las pencas secas de la choza del tío de Santiago Gallardo, el chico de 17 años de la comarca Guna Yala, ganador del Concurso Nacional de Oratoria 2011.
La choza es la más grandecita de la isla y la única umbilicada al largo cable del generador de electricidad que funciona con gasolina desde el patio trasero. 
Afuera pasaban el sereno algunas mujeres con bebés en brazos y ancianas conversando en dialecto. Era como de otro mundo el cielo majestuoso, lleno de constelaciones brillantes que no se ven en la capital panameña. 
Apenas bajé la mollera, en forma de reverencia, para pasar al cine, Santiago se paró de la hamaca para darme puesto. Lo reconocí varios segundos después por su voz. Le pedí que se quedara allí y me recosté a uno de los horcones a mirar un rato. Las fotos y cédulas viejas puestas en la pared hecha de varas flacas de caña blanca quedaron próximas a mis ojos: el “Facebook” del tío y su familia, o lo más parecido a ese modernismo debido a que no tienen ni agua potable. 
Por la tarde, Santiago había sido recibido simplemente como un héroe. Mujeres, hombres, niños, jóvenes, ancianos y familiares lo esperaron por horas observando desde el muellecito de la isla su arribo. 
Unas tres horas y media, sin tranques y solo dos paradas en otros muelles, duró el trayecto en bote de motor fuera de borda desde la isla de Yandup-Narganá (Isla de los Saínos), en la comunidad de Sugdup, que es donde estudiaba el muchacho. Tenía que quedarse en casa de otros familiares durante el periodo escolar para poder estar en clases. Tras su triunfo nacional contaba los días para su graduación de bachiller en ciencias en el colegio Félix Esteban Oller. Solo esperaba eso, el diploma, para poder iniciar las gestiones e irse en 2012 a estudiar medicina en Cuba, becado por el concurso. Su sueño: ayudar a su pueblo ante tantas enfermedades. 
Pantalón corto, suéter, chancletas playeras. En el bote, la mayor parte del viaje la pasó arrinconado, sentado como un niño con salvavidas cubriéndose la cabeza con una sudadera gastada para evitar el salpicar del mar estrellado en la barcaza y también el baño de sol radiante. No habló nada. 
Horas antes, él, y su profesor Martín Samudio, habían recibido en Narganá a una comitiva de Cable & Wireless Panamá (CWP) para gestionar la adecuación y ampliación del laboratorio de informática del colegio, como parte de los premios al ganador. Se consideraron así los detalles para modernizar el salón a solicitud del plantel, cuyo nombre será el de Santiago Gallardo. El premio alcanza una inversión de 50 mil dolares otorgados por los organizadores: CWP, Caja de Ahorros y Meduca.  
EL HOMENAJE
Tan pronto el chico pisó Ailitupu empezaron los aplausos, sonaron las flautas sopladas por un grupito de muchachos, al igual que las maracas criqueadas por chicas vestidas con molas. Tras las tonadas ancestrales y danzas de brincos autóctonos, el sáhila Belisario Hernández, las maestras de primaria de la isla, familiares del orador ganador y gente de todas las edades, seguían alegres sus pasos. Así avanzaron por los caminitos de chocitas hasta llegar al patio de lo que intenta ser una cancha de baloncesto de tierra y arena. 
Fotos, recortes y páginas enteras de periódicos pegados junto al letrero: “Gran orador de Ailitupu, bienvenido”, hecho en papel manila y escrito con tizas de colores, daban sentido a la minitarima. En frente, una carpa para la mesa principal donde se sentó el sáhila, Santiago, su madre y sus cinco hermanos. Otras treinta sillas alineadas en filas de diez daban lugar a los chicos y chicas de los grupos de música, danzas, declamadores y de teatro que participaron del homenaje. El resto de la comunidad se acomodó en el suelo, en troncos o en las tuberías de agua sueltas a orillas de la isla.
Uno a uno, incluido el sáhila, hicieron sus presentaciones con orgullo. Y después que terminó el drama sobre lo que conlleva a los jóvenes caer en las pandillas, casi a oscuras, la cancha pasó a ser parque. Los hermanos y primos de Santiago colocaron en la tarima un televisor con DVD para ver el vídeo del Concurso de Oratoria. Las sillas, puestas ahora enfrente, ayudaron a mejorar la visión de los más pequeños. Pero cuando el muchacho salió con su smoking negro durante la primera prueba, no había hablado mucho y se congeló el CD. Lo que grabó en Atlapa su hermano Icuacekiña, acompañado de la madre de ambos. A pesar de los esfuerzos, el disco digital se negó a seguir con lo grabado. 
TRAS BASTIDORES
Cuando Santiago fue seleccionado como orador estudiantil para representar a la comarca Guna Yala escogió como asesor a su profesor de Química y consejero de su salón. El profesor Samudio llegó a su casa y comentó a su esposa lo difícil que sería ganar con el chico. Habría que cambiarle desde la dicción hasta el modo de pararse. Toda su química, pues su timidez lo dominaba de pies a cabeza. “Por qué me pasa esto”. Samudio había participado el año anterior (2010) de la escogencia, pero era su primera vez como asesor. 
Semanas después, y estando ya en la capital, Santiago le confesó que deseaba dejar el concurso. “Yo extrañaba mucho a mi familia y creía que otros estudiantes de la región podían hacer mejor papel”. El profesor lo convenció de seguir: 
“La noche de la gala, esos primeros cinco minutos serán los más importantes de tu vida, tienes que esforzarte y luchar por eso”. 
Faltaba poco para el evento. Por eso ahora el orador guna es un ejemplo de superación.
En la habitación de una de las dúplex facilitada por la ACP en Balboa a los concursantes, ambos —profesor y estudiante— ensayaban en voz baja en cada tiempo libre. Santiago además repasaba sus textos cuando iba en el bus junto a los otros concursantes. El profesor sostiene que le costó mucho aprender a usar la computadora portátil que él como asesor llevó para bajar información y datos, pero el muchacho puso todo su empeño en seguir sus consejos al pie de la letra. 
¿Cuando eras niño pensaste ser orador? –No, yo quería ser un gran jugador de baloncesto y llevar a mi isla a ganar un campeonato en Cartí (sector en tierra firme que es entrada a la comarca). ¿Y por qué entraste al concurso? –Yo quería ganar experiencia para poder predicar como lo hacen en la iglesia cristiana donde voy. Quería perder el miedo de hablar en público. Mi pastor me dio consejos también y que tuviera fe.
Y es que Santiago, desde hace años, lidera a niños y niñas de Ailitupu, de entre 10 y 12 años, para que se mantengan en la fe. Esto también lo hace una de sus hermanas, de 21 años, que orienta a adolescentes. 
Ahora la gente de Narganá y de otras islas le piden autógrafos, o que se tome fotos con ellos. No obstante, aunque su vida cambió, sigue apoyando a su pastor y hasta le permiten hablar en los cultos. ¿Ya no tienes miedo? Sonríe tímido. —Bueno, no sé. ¿Qué harás, estudiarás medicina? –Sí, quiero ir a Cuba a eso. 
SEGUIR ADELANTE
Es una meta que a su madre la hace feliz, e igualmente le produce tristeza. A sus 42 años Sonia Vásquez recuerda que él desde pequeño siempre le hablaba que no iba a estar pegado a ella, que iba a salir adelante, aunque para eso hay que dejar el hogar. Para lograrlo, todo lo que ganó en el concurso la familia decidió no tocarlo, a bien de que lo invierta en sus estudios universitarios, dice. La mujer hablaba en dialecto casi sin gestos, amamantando en su regazo a la hija más pequeña. El dinero por el auto Peugeot que le dieron, valorado en más de 30 mil dólares, servirá también para lograr esa meta. Sonia pensó que su hijo no ganaría aquella noche, cuando lo veía desde el público en Atlapa, por ser indígena, dijo. Luego que lo anunciaron ganador se llenó de felicidad, las cámaras captaron abrazándolo y llorando. Santiago había logrado hacer sentir su voz, con el espíritu natural de un nuevo líder que desea ayudar a su pueblo. Así entiende ella el camino que debe seguir. 
NUEVOS DÍAS
Mimmi, la mu (abuela) de Santiago, rememora claramente aquella noche en la que toda la comunidad estaba en la cancha frente al televisor, pendiente del concurso con los nervios de punta, viendo al nieto. Ese mismo que recibió como partera del pueblo y que vio crecer hasta conquistar el país como orador. La mu ríe, es conversona, no habla español. Sus padres y ella fueron de los primeros en llegar desde tierra firme a la “Isla de los Manglares”, eso significa Alititupu, responde. Ella era una niña y no recuerda hace cuánto fue que llegaron allí, pues en su cédula le pusieron fecha de nacimiento de casi 100 años: Mimmi García Inanidiguiña, 28 de agosto de 1917. Pero asegura que tiene menos y su vitalidad dice lo mismo. 
Ailitupu, la isla natal de Santiago, la cual cabría casi tres veces en la cuadratura del parque Urracá de la capital, es eso, una islita en la comarca en la que las promesas de los gobiernos se las lleva el viento, replica con autoridad Belisario Hernández. Su rostro bajo un sombrero de paja se revelaba tenue por la pobre luz tribal de la noche después del homenaje a su héroe. Piel café, pies descalzos, el hombre de 58 años sonríe, una maestra traduce: “Santiago es un orgullo, tenemos esperanza de que su ejemplo, que ha germinado en los otros niños y jóvenes, ayude en el futuro a la isla”. Luego se acongoja, a la pequeña isla, incluso a la escuelita donde estudió Santiago, no le toca beneficio alguno, sino a Narganá...
En Ailitupu, una de las islas más lejanas de la comarca y quizás la más olvidada, solo queda la esperanza en su población de 291 personas, la mayoría infantes y adolescentes. Esos mismos que con ilusión miraban a Chucky. Allí no hay ni centro de salud, solo tienen la pequeña escuelita multigrados y la iglesia cristiana, donde hoy los pequeños, a pie pelao, juegan a ser oradores.


Tema relacionado: Una lucha por la superación y la identidad cultural

Publicado en el diario La Estrella de Panamá, el domingo 29 de enero de 2012. Trabajo ganador del Concurso de Periodismo Fernando Eleta Casanova que organiza el Centro Latinoamericano de Periodismo (CELAP), categoría Preservación del Patrimonio Cultural, Prensa Escrita. La premiación se realizó la noche del pasado jueves 20 de junio de 2013, en el auditorio del Instituto Smithsonian, Panamá. 



 

Una lucha por la superación y la identidad cultural


En los años de la construcción del Canal de Panamá, a principios del siglo pasado, Américo Vespucio caminó desde Guna Yala hasta la capital a buscar trabajo en la obra. Los encargados lo rechazaron por ser menor de edad, pero aquello no lo detuvo en su propósito y consiguió cambiar su acta de nacimiento para tener 18 años.
Y eso no fue lo único. Los letrados de Cedulación no entendían su verdadero nombre indígena ‘Olo...’ y mucho menos sabían escribirlo por ser demasiado largo, así que decidieron ponerle ‘Américo Vespucio’, como el navegante italiano por cuyo nombre se identificó al nuevo continente: América.

Kalinga Vespucio, una de las maestras de Ailitupu y nieta de Américo (Olo), cuenta que desde otrora ese ha sido uno de los grandes obstáculos de los nacidos en Guna Yala: La falta de entendimiento de su cultura y el desconocimiento del dialecto de ellos, paralelo a lo difícil que les resulta el idioma español. Esto es lo que ha causado que los niños y adolescentes de su pueblo fracasen en sus estudios cuando van a la capital. Ella y su compañera, Rita Montero, explicaron que sin embargo en la actualidad hay avances. Gracias al Congreso Guna Yala (líderes locales) y los miembros del grupo Educación Intercultural Bilingüe de la comarca, se ha logrado hacer entender esta barrera del lenguaje a las autoridades. Por ello, el Ministerio de Educación ahora incluye la enseñanza de los dos abecedarios en las escuelas de las islas, el guna y el español, y sus diferencias; a la vez que en la capital, los docentes están claros de por qué los estudiantes de esta región no logran pronunciar las consonantes fuertes del español.
El dialecto guna solo tiene las letras: A, B, D, E, G, I, L, M, N, O, R, S, U, W, Y, explica la maestra. De tal modo que para decir ‘cheque’, pronuncian ‘seque’. Se ha logrado cambiar, por ejemplo, que se llame a la comarca Guna Yala, y no ‘Kuna Yala’, mal escrito por los waga (latinos, capitalinos). Guna Yala es: El pueblo y sus montañas, el indígena en su tierra. 

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