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lunes, 19 de septiembre de 2016

"Tolerancia" para los panameños: ¡Cónchale vale!


Miles de rostros en uno,
así son nuestras raíces
y solidaridad oceánica.
Foto: Laggon19,
Facultad de Arquitectura UP.
Dicen que es percepción generalizada, xenofobia, no sé, intolerancia de los panameños... Hace poco conversé con una muchacha venezolana y por momentos creí que era yo el extranjero, aquí en Panamá.
La conversación fue casual, sin preguntarnos nombres, y no puedo negar que entretenida. 
Esperábamos el transporte pirata después de la tempestad que inundó calles y sectores de la capital. 
Por tener mi auto en el taller y evitar las mañas de los taxistas, y de paso el metro dañado, había decidido salir de mi apartamento alquilado en la Ave. México y caminar hacia Calidonia, cerca del Mercadito, adonde parquean los busitos piratas que van a las periferias, para llegar a casa de mi madre.

La tarde caída, atormentada, había adelantado la oscuridad nocturna. Los faroles públicos encendieron temerosos sus luces tristes tras amainar el fuerte aguacero. Las ventolinas se escurrían frías e intermitentes entra los edificios y calles mugrosas. 
Gente desperdigada, jauría de carros, relámpagos, truenos; las nubes negras e hinchadas empujaban la convulsión humana.

Me agregué a la fila larga de rostros desconocidos. Le pregunté si ella era la última. Dijo "sí". 
Minutos más tarde, cuando uno se acostumbra al ruido de motores, voces sueltas, frenazos, y respira humo carburado sin que llegue el transporte, le acerqué otra pregunta tímido: 
—¿Por qué la demora?
Así surgieron nuevos temas que desenfrenaron su hablar caraqueño. 
Cuando ella tomó confianza comenzó a charlar con ánimo suelto, como si exteriorizara cada pensamiento, soltó su cabello sedoso, largo, negro genuino, al cual separó una liana y empezó a peinarlo con la punta de los dedos, deslizándolos suave desde la frente hacia abajo. Su rostro al natural parecía esconderse como sus ojos.  Y, ¡cónchale vale!, la muchacha me dijo tantas cosas que me hicieron pensar hondo. Solo escuché atento, si acaso movía breve la cabeza.

Ella me habló sobre su trabajo en una oficina cuyo edificio describió alto, que ganaba bien, que vive con su hermana casada (que tiene esposo e hijos) tras solo dos meses de haber llegado a esta urbe de rascacielos, en su mayoría vacíos. 
Una ciudad a su vez llena de guetos históricos repletos de sobrevivientes a la vida dura; capital rodeada de barrios, barriadas dormitorios y caseríos precaristas donde de los grifos del agua potable cuelgan telarañas las arañas, pensé yo.

"En aquella oficina trabajan otros chamos —explicó sin verme y acariciandose el listón de cabello—, también hay varios colombianos y sureños, nadie más, porque me he dado cuenta que los panameños no saben, no se preparan... He sabido casos que ni para servir tragos sirven”.

Hizo cierta pausa de espera, y siguió diciendo: “Mira que aquí hay venezolanos dueños de escuelas que han subido costos para no tener panameños... -algún pensamiento la desvió- Tú sabes, un dólar aquí son muchos bolívares allá, por eso venimos más acá—admitió—, y con ese gobierno de mierda que tenemos... Claro, acá nos tienen rabia a los venezolanos. Se entiende lo de los empleos y todo porque uno no quiere que vengan a su país a dejarlo sin trabajo, pero los panameños nos tienen rabia...”

¡Rabia! Cinco letras se hicieron común denominador en su alegato.

"Hay que tener más paciencia aquí, para todos los venezolanos...", agregó.

Tanto hablaba la muchacha que no pude evitar pensar como la mayoría de panameños de a pie, o si acaso, quienes ruedan con tanques a media aguja. Esos que suben a un taxi donde ahora la voz que saluda es casi siempre extranjera. Esos que van a fondas o restaurantes o paran en la calle a comer algo y les atiende algún acento foráneo. Los que caminan y alguien le ofrece empanadas con salsa verde a dólar, arepas, papas rellenas, mangú, bueno, eso no, aunque abundan los dominicanos “¡cómo tú tá!”
Como sea, esos que quizá van al súper y ahora les empaca alguna “cheverísima”. Y si no, pues frecuentan el minisúper del  chinito —sin confundir con los que vinieron el siglo pasado—, quien atiende sin entender español, pero al tiempo, cuando ya lo habla, es reemplazado por uno nuevo que solo es risita muda. Esos panameños quienes saben sin embargo que los chinitos suelen caer bien, a pesar que no dan ni el centavo, nunca te quitan los trabajos, aunque desconfían de todos en sus: “minisupe, lavandelía, lestaulante, feletelía, lepalación celulá, intelnet, centlos electlónicos…” Y... claro, también multiplican todo, no solo dinero. Por eso hay  tres, cuatro, cinco cabecitas-espinosas jugando descalzos entre los aparadores, y otro cargado por la mamá en la caja, o alguno sentadito en las pielnas de alguna chinita-baliga-sietemesina, "futulos chinitos palameños".
— ¿Tienes bebés ya? —le pregunté a la venezolana.
— ¿Quién, yo? —preguntó asombrada—. ¡No vale!, mi hermana sí tiene dos…
Por fin la fila se movió. Un busito se llenó tan pronto se orilló, se fue raudo. Volvimos a la espera.
— Aquí las mujeres capitalinas, no todas, solo tienen uno o dos hijos. A las solteras, muchas, ni le preguntes cuándo ni cuántos, no quieren ni hablar de embarazo —comenté.
— Allá en Venezuela…
Ella siguió hablando. Yo seguí pensando… En los nacionales cuyos vecinos nuevos nunca ponen música típica panameña en sus casas o apartamentos, sino vallenata colombiana. —Y los ¡ave marías! que motivan las vecinas proporcionalmente ejercitadas al saludar: “¡quihubo vecino, buenos días!”—. En los que pagan crédito a las mueblerías donde el españolito siempre ofrece dizque gangas. En los que beben en el bar del otro españolito que nadie sabe cómo consigue esas chicas de hablar paisa encantado y las nuevas competencias con aires de ¡no juegues, vale! En los panas que piden salves al indio prestamista, ese que también vende sábanas y perfumes a domicilio. Los meños que buscan vacantes en las construcciones y cuando consiguen hacen amigos nicas, parceros, venecos… Donde incluso los jefes son extranjeros…
De pronto, la fila se hizo menos para nosotros. Un busito arribó en poco tiempo, subimos, nos sentamos juntos, ella a la ventanilla, yo a su lado.
— Como te dije —continuó ella—, se entiende lo de los trabajos y todo, pero aquí nos tienen rabia a los venezolanos por lo que sea...
El viaje fue frío por el aire acondicionado, la lluvia persistente afuera, con tranques, calles anegadas. Vimos un auto volteado en la vía contraria, luces coloridas, sirenas alteradas... 
Ella me habló de lo duro que está vivir allá, en Venezuela; la escasez de alimentos, medicinas, servicios básicos, la delincuencia, la impotencia, la angustia constante. La tristeza de tener familia y no verla por andar lejos.
Se nos fueron los minutos en el camino, hombro a hombro.
— Ya me falta poco para llegar —dije-, y saqué cinco dólares para pagar tres, por ella y por mí sin decirle aún que pagaría lo suyo. Ella sacó su celular para ver algo, creo, lo guardó al minuto.
Entonces hubo ese silencio helado de las despedidas, como dejando los segundos suspendidos para que alguien decidiera cambiar la ruta de los destinos.
Solo cuando faltaba poco para bajarme me preguntó:
— ¿Qué te pasa, estás callado?
— ¡Nada! —respondí enseguida—: Pensando cosas yo, en todo lo que dices.

— ¡Sí! —me cortó con su mirada, ya no la tenía metida detrás de la cortina azabache, cuya liana todavía peinaba con suavidad ostensible hasta el hombro. 
Y con aquella última mirada, desconocida, la cual después le vería de lejos al bajarme, me hizo esta pregunta: ¿Y tú, de cuál parte de Colombia eres?
Mi sonrisa se escurrió sutíl mientras pagaba apurado el pasaje de los dos y me daban el cambio.  "Muchas gracias", me dijo, en modo cariñosa. "Yo soy panameño", alcancé decirle a los ojos, al poner un pie afuera, para caminar.

La capital panameña es una amalgama de contrastes
entre el pasado y lo moderno. Foto: Laggon19


viernes, 11 de octubre de 2013

Al narcotráfico le sobra empleados...

@laggon19

En el artículo anterior nos sumergimos en las causas que fortalecen el narcotráfico y el por qué considero que la lucha antidrogas es un supergasto millonario estéril – unos 4 mil millones de dólares por año en seguridad pública entre Panamá y Centroamérica – que solo tendrá fin si en las naciones de origen, México y Colombia, se erradican, valga la redundancia, estas mismas causas.
Los panameños debemos analizar la realidad exterior para entender el por qué siempre se habla a lo interno de que el crimen organizado ha penetrado esferas gubernamentales e incluso partidos políticos mediante contribuciones que políticamente seguirán siendo secretas.
Volviendo al tema de este análisis, además de los niveles de desempleo en territorio mexicano, hay que indicar que el narcotráfico se muestra como un generador de empleos importante de acuerdo a investigaciones que citan articulistas en dicha nación. En el 2008 ya se ubicaba como el quinto mayor empleador de acuerdo con un estudio realizado por la doctora en Gobierno y miembro del Programa en Inequidad y Política Social en la Universidad de Harvard, Viridiana Ríos: Evaluando el impacto económico del tráfico de Drogas en México, el cual cita Simón Vargas en Ejecentral.com ( 13/6/2012). En orden jerárquico, por debajo de la industria de productos metálicos y maquinaria; alimentos, bebidas y tabaco; sustancias químicas; y textiles y pieles.
Es decir, lo que hay que preguntarse es: ¿Por qué un negocio tan peligroso como el narcotráfico logra sumar tanta gente…?
Entre las realidades mexicanas también resalta en este estudio de la doctora Ríos que un campesino que siembra maíz, o cualquier otro rubro de gran consumo, solo recibe en promedio 12 mil pesos ($928) por hectárea cosechada y un sueldo de sólo 54 pesos diarios, sin seguridad social. Pero uno que cultive para los narcos llega a ganar hasta 400 mil pesos ($30,937) por hectárea cosechada y un salario de alrededor de 300 pesos diarios. Además, los carteles le ofrecen seguridad social mediante el pago de una fracción del valor total de la cosecha, en caso de pérdidas por fenómenos naturales no controlables.
Vargas, en su trabajo, añade otro dato interesante: En 2007 el magistrado Ricardo García Villalobos, en ese entonces Presidente del Tribunal Superior Agrario, precisó que de las 31 millones de hectáreas destinadas a la agricultura, 9 millones eran para marihuana y amapola, y sólo 8.2 millones para maíz.
¿Interesante? Pues en cuanto al cultivo de la marihuna, los especialistas indican que es una planta que fácil se adapta a condiciones extremas, a diversos ambientes, y como si fuese poco, no requiere mucha tecnología ni inversión para su cuidado.
En el próximo post sigo con otras causas.

Como siempre, comparto el siguiente extracto de la investigación: Panamá asediada por el narcotráfico, publicada en 2009, cuando agonizaba el llamado Plan Mérida.

La droga está destruyendo a Estados Unidos’
El atacar el problema del abastecimiento de drogas – tráfico ilícito— nunca ha sido la solución, por eso tenemos que hacer algo para acabarlo desde la prevención. El consumo de drogas está destruyendo a Estados Unidos. No entiendo por qué seguimos invirtiendo miles y miles de millones de dólares de nuestros contribuyentes en esta lucha antidrogas, pues la economía estadounidense pierde anualmente 160 mil millones de dólares por la baja productividad y desde 1980 los gobiernos de EEUU han gastado unos $290 mil millones para hacer lo imposible. No importa cuánto se capture o se destruya dentro o fuera del país, los narcotraficantes sólo necesitan entrar 10 camiones con cocaína pura, o un Boeing 747 con heroína para abastecer por un año a los estadounidenses, quienes además cultivan en sus casas, sótanos, apartamentos y sitios de trabajos la marihuana, la preferida. Las drogas se venden y compran casi en todas las empresas, pues son un paraíso ya que el 77% de los consumidores tiene empleo y la policía está ocupada en las calles buscando delincuentes y narcotraficantes”. Entrevista a Chuck Wade, presidente y CEO del Consejo contra las Drogas y el Alcohol, Estados Unidos - 2009.

Temas relacionados: 

Supermillonaria lucha antidrogas es estéril
Marihuana dobla ganancias de maíz y trigo

lunes, 7 de octubre de 2013

¿Por qué el narcotráfico no tiene fin y solo es un gasto millonario?

En 2010, Panamá y los vecinos de Centroamérica gastaron en seguridad pública casi 4 mil millones de dólares. Cada año sigue el gasto. Pero la delincuencia y el narcotráfico siguen imparables en todas partes. Las noticias que se dan a conocer sobre hechos de asesinatos en manos de sicarios e incautaciones tras operaciones antidrogas dentro y fuera del país no pasan de eso, del hecho, pero poco o nada se analiza y profundiza en los medios de comunicación panameños sobre las causas del narcotráfico en América.
Al mismo tiempo que los gobiernos de Panamá y la región gastan millones en tratar de detener las operaciones del narcotráfico y la delincuencia, no se preocupan por emprender planes para corregir realmente las graves deficiencias de la educación pública y a su vez garantizar empleos dignos para esa población que logra sus metas profesionales, encontrándose éstos con empleos mal pagados e indignos que ante las necesidades se ven obligados a tomar o dejar. Es en esa insastifacción que el narcotráfico está encontrando cada día más empleados dispuestos a defender lo que se les ofrece.
Por eso quiero compartirles este breve artículo realizado para mi otro blogs de trabajo investigativo: Supermillonaria lucha antidrogas es estéril. 

Saludos, desde Panamá para todo el Mundo: Rusia, Indonesia, España, Francia, Reino Unido, Perú, Argentina, Brasil, Venezuela, Colombia, Centroamérica, Estados Unidos, Australia, China, Japón, India, Serbia y los países africanos. 

Twitter: @laggon19