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martes, 18 de julio de 2017

Los enemigos de la Educación en Panamá

NEGOCIO. Si en Panamá funcionara bien la educación pública, se caería un gran negocio: las escuelas y colegios particulares (de empresarios y de religiones). Lo mismo que pasa en Salud con la CSS y centros de salud (clínicas, hospitales particulares y farmacias que requieren clientes sin escapatoria...)
Si por ley, como ya es en algunos países europeos, los hijos de los ricos y políticos con cargos públicos estudiaran con los hijos pobres, todo lo malo se acabaría, generando verdadera igualdad y transparencia. 

IDIOTIZACIÓN
El problema es que los políticos y gobernantes, y los mismos empresarios, necesitan gente idiotizada  (solo vea el contenido general de los medios, gran efecto ahora unido a lo que se prefiere en las redes). Idiotizados es más fácil manipularlos, dominarlos, hacerlos consumir, llevarlos a votar... Si preguntas a la consciencia ciudadana: ¿el panameño lee? Qué responden todos... Y ¿por qué?: "no tengo tiempo, me da pereza, en verdad no entiendo, busco lo más facilito...", frases ya comunes en la boca de la gran mayoría. 

¿Por qué a las personas en redes sociales no les gusta compartir noticias de altura?

PEREZA CRÓNICA. El problema va más allá de lo que pasa en los salones de clase, incluso universitarios, donde persisten las pruebas de cierto y falso, llenar espacios, pareos o aprender todo de memoria (para olvidar pronto). Todo lo contrario a hacerlos pensar, forzarlos a analizar, proponer y actuar para resolver problemas, cuestionar a los poderosos, quienes por sus intereses garantizan buena vida a sus hijos y sus futuras generaciones (de por vida). ¿Quién tiene la solución? ¿Quiénes deben desidiotizarse? 



Palabras claves: Docencia, educadores, Educación, redes sociales, salud, escuelas, colegios, estudiantes, enseñanza, aprendizaje, Universidad de Panamá, Meduca, Panamá, desempleo.

martes, 20 de diciembre de 2016

Que nunca muera la historia, ¡y la verdad en América!


Desde el inicio de los tiempos la verdad ha tenido y tendrá muchos enemigos, pero la historia siempre ha sido su amiga en el tiempo. De ocurrir el cierre definitivo de los diarios panameños La Estrella de Panamá y El Siglo, a causa del bloqueo impuesto por la política internacional de Estados Unidos, a través de la ya conocida “Lista Clinton”, quedarían cinceladas muchas verdades en la roca de la historia.

Sería un hecho inaudito, por no escribir atroz. Y podría decirse en el futuro inmediato que el acontecimiento marca el inicio del destripamiento de la Democracia por parte de quienes siempre se han pregonado como sus mayores promotores y defensores.

Y como toda historia tiene sus villanos, quedarán como responsables de semejante atrocidad el propio presidente de Estados Unidos, Barack Hussein Obama II, el secretario de Estado, John Kerry, y el cuerpo diplomático acreditado en Panamá.

Resulta imposible no mencionar que serían igualmente responsables al menos dos panameños: nuestro presidente Juan Carlos Varela, y la vicepresidente y canciller, Isabel Saint Malo de Alvarado; no solo por el cierre de los diarios y el golpe que se da a la libertad de prensa, sino porque con ello se clavaría un doble banderillazo a la Soberanía nacional, algo que ya creíamos haber dejado atrás en la historia, mas no olvidado.

¿Quién lo diría? Después de casi 168 años y de registrar innumerables historias, La Estrella de Panamá, el diario más antiguo del Istmo y el tercero más viejo de la región latinoamericana, cuyo inicio fue idea de los estadounidenses J.B. Bidleman, S.K. Donaire y J.F. Bachman terminaría enterrado por las manos del primer presidente negro de Estados Unidos, una nación donde hubo que sufrir tantas luchas y muertes por la libertad y los derechos de igualdad para que este “sueño” se cumpliera.

Y qué decir de El Siglo, un tabloide con más de tres décadas cumplidas, cuyo inicio germinó precisamente con el objetivo de luchar por la libertad y los derechos de los panameños en los días de la dictadura de Manuel Antonio Noriega, lo cual le valió entonces el cierre hasta que volvió la Democracia. ¿Ironías?

Ciertamente estamos a tiempo. Hago por tanto un llamado a todos los periodistas, medios de comunicación, centros y fundaciones de periodismo del continente americano, incluso, de Europa, África, Asia, y cualquier parte del mundo, a pronunciarse en contra del cierre de estos dos diarios panameños. Por la verdad, la historia y la real Democracia. Para que no pase como pasó a Santiago Nasar -y tengamos después que recoger nosotros mismos nuestras entrañas como un racimo que se escapa entre las manos-, a quien todos en su pueblo sabían que lo buscaban para asesinarlo, pero nadie hizo algo a tiempo para salvarlo.


¿Puede cambiarse la historia del jueves 5 de enero de 2017? Sí. Ahora es el momento. 
Y puede dejarse a
Histórica Linotipia usada por
La Estrella de Panamá. Foto: Laggon19


un lado también la villanía. Quienes tienen el poder de deshacer este precedente funesto, pueden cambiar el final, para que no se rescriba otra “Crónica de una muerte anunciada”. No se trata de aplazar ni dilatar la agonía, lo que cabe es corregir definitivamente. Estamos a tiempo, es el momento de la verdad.







Redacción de La Estrella (2013). Foto: Laggon19


viernes, 17 de julio de 2015

‘Me salvé en la tumba’, La tragedia de los menores quemados (Parte III)

Cuando las llamas se englobaron despiadadas en la celda 6, a David un impulso de desesperación lo llevó a meterse debajo de la “tumba” de cemento. Un reducido espacio rectángular donde apenas cabía su flaco cuerpo de 17 años, el cual tuvo que disputarse con uno de sus amigos para poder sobrevivir, asegura Yesica, su hermana mayor.
David y Cristian, de 16 años, fueron los únicos que salieron con vida después de ser internados en la Sala de Quemados del Hospital Santo Tomás en enero de 2011. Salieron a los 31 días David, a los 57 Cristian.
Ambos, con medida cautelar de casa por cárcel concedida por las autoridades debido a lo ocurrido, dejaron el hospital custodiados por los abogados y familiares, y perseguidos por cámaras y micrófonos de periodistas intentando saber qué causó el incendio.
David volvió a su casa en Santa Eduvigis de Tocumen, cerca del aeropuerto internacional, no muy lejos del Centro de Cumplimiento, el jueves 10 de febrero, luego de un mes hospitalizado por las quemaduras que sufrió. El sábado siguiente declaró en una entrevista al diario La Estrella de Panamá que ellos en la celda 6 no participaban de la revuelta carcelaria. Estaban encerrados, de otra manera no se habrían quemado. Aún así les dispararon perdigones. A Cristian le dio uno en la mano, dijo. Sostuvo que la segunda lacrimógena que introdujo un policía por la ventana fue la que generó el fuego en el colchón.
“Yo me salvé porque me metí en la tumba… Pedíamo’ que nos dejaran salir, los policías nos insultaban, se reían. Cuando ‘tábamos en el patio nos pegaron”. Eso fue lo único que dijo David ese día, junto a su abogado, mientras seguían las investigaciones del Ministerio Público. Su respiración fuerte, entrecortaba, el acento de barrio, mutilaba las palabras. Su voz estaba aún ronca por los gritos y el efecto del gas repelente mezclado con humo. Le dieron hasta en la cabeza, añadió. Las cicatrices se le veían todavía frescas entre los cráteres sin cabello, trasquilados. Las quemaduras, aún rosadas en sus brazos y el cuello, lo martirizaban a pesar de los cuidados familiares, de su madre y hermanos.

TRAUMAS Y PESADILLAS
 — A David se le hizo mucho daño. Ahora hay que sacarle las palabras, esquiva hablar de lo que pasó —nos explicó su hermana Yesica a finales de junio (2011), pasados casi seis meses de la tragedia y cinco de la salida del chico del hospital. La mujer de 25 años hablaba con timidez y consternación a la vez. En los ojos un misterio pausaba las frases.

 — Cuando se prendió el colchón en la celda, Cristian y mi hermano se pusieron mucha ropa porque el fuego no se apagaba.

Eso le dijo David, charlando entre hermanos que se tienen confianza. Ella había decidido atenderme luego de varias llamadas a su celular. La encontré mientras esperaba en la Pediátrica del Seguro Social de Carrasquilla a que le pusieran mascarillas a sus dos hijos, de cuatro y dos años, agobiados por el resfriado e inquietos corriendo los pasillos.

 —Mi hermano pudo haber sido lo que fuera, pero estaba en perfectas condiciones. El deber de ellos era devolverlo bien.

Él purgaba tres años por un robo agravado con arma de fuego a una estación de gasolina, del cual Yesica dijo no recordar detalles, ni cuánto tiempo había pagado en la cárcel. Lo que sí recordó fue que los últimos meses con el hermano en casa habían sido diferentes. Su mal humor por cualquier cosa, combinado con el desánimo, en principio hicieron ver a su familia a un David distinto. Ese David que antes cooperaba voluntarioso haciendo oficios, parecía no tener ganas ni por la vida. Según Yesica había que ponerse en sus zapatos para entenderlo. Desde su regreso hubo muchas noches en las que no quería que le apagaran la luz para dormir. 
David le confesó en confianza que en el hospital, cuando despertó del coma, veía a muchas personas a su alrededor, pero no había nadie. En una ocasión se tiró de la cama asustado por las pesadillas, se veía quemándose. Despertaba ahogado por la debilidad de sus pulmones. Se le aparecían las escenas de sus seis amigos de celda entre las llamas; esas imágenes irrumpían abominables entre los recuerdos de amistad con sus compañeros.
—Recuerda a José con el pellejo colgando de los brazos; los gritos, rostros, la cándela... Cuando finalmente les abrieron la puerta, fue David quien dio aviso a los policías de que uno seguía adentro porque no podía caminar. Los agentes no quisieron ir a sacarlo, ordenándole a él y a Cristian buscarlo. Él dice que tiene que ser fuerte, que es hombre. Por eso no lloró en la reconstrucción del caso. Cristian sí.
La mujer, reacomodando su peso en la silla de espera, se interrumpió regañando a los hijitos para aquietarlos. El más chico entró en crisis de tos y el grandecito, muy enojado, se resistía para no hacerle caso.

NUEVAS ILUSIONES
Durante esos días devuelta a casa las cosas sin embargo empezaban a bosquejar nuevos horizontes. Aunque mantenía una parálisis parcial desde el cuello al mentón, David ya podía unir sílabas más entendibles. Y una nueva relación con una vecina revivía sus ilusiones.
— Eso le ha despertado ganas de trabajar para ayudarla, ella tiene un hijo de otra relación que fracasó...
Algo de suerte lo acompañaba también. En una construcción cercana donde trabajaban conocidos suyos le ofrecieron trabajo para ayudarlo. Incluso, no sería necesario que hiciera tareas pesadas por su condición de salud. Su abogado le recomendó que no, por su condición con la justicia, subrayó la hermana.
Tendría entonces que seguir con los videojuegos, el celular, el Internet y la televisión bajo techo y cuatro paredes. Solo podía salir cuando iba a terapia psicológica. Su madre y Yesica, pendientes de esas evaluaciones, sabían que el asunto tomaría tiempo. Tiempo para curar heridas de la carne y de la mente… Y es que en la infancia de David se repite el mismo patrón de Omar, el hijo de Marquesa Bersal, uno de los cinco fallecidos.  Épocas turbulentas de familia que no pasaron en vano, por las que dejó la escuela y dio malos pasos. A pesar de eso, David culminó un curso de sastrería en el Centro de Cumplimiento al cual lo inscribió la mamá, estaba tranquilo.

— ¿Sabes el nombre del otro que presuntamente no cabía con tu hermano en la tumba?, pregunté.
— Era uno que ellos en la celda llamaban “Hijo”, respondió dudosa. Los ojos negros se volvieron a perder en la nada.
Aquello trajo en silencio otro misterio pasado. Doña Marquesa había dicho en su entrevista que solía encontrarse en el Ministerio Público a la hermana de uno de los sobrevivientes que pregunta por el hijo: “Es una gordita ella, medio acholá. Ella siempre me dice que el hermano pregunta por mi hijo creyendo que está vivo y yo le digo: ¿Ustedes no le han dicho que Omarcito murió?”.
— Solo sé que le decían Hijo — volvió a la luz Yesica.

MALOS RATOS
En el transcurso de un año David ha tenido otros tropiezos con la ley. Durante un hecho confuso de aparente violencia intrafamiliar a mediados de abril, su padrastro lo acusó de haberle disparado con arma de fuego en la casa. La Policía informó que el hombre mostró en la denuncia los orificios de bala en su automóvil. La madre de David, doña María de 45 años, golpeada en el rostro, alegó que el hombre con quien tenía una relación irrumpió la residencia, la agredió e intentó ahorcarla. Su hijo la defendió.
Llegado junio David fue detenido por policías en los predios del Centro de Menores Arco Iris (otro reclusorio de menores en Tocumen) donde se daba un motín interno. Posteriormente en los medios se informó de otra detención fuera de su casa, se le halló cinco carrizos de presunta cocaína cuando intentaba huir de la ronda policial. La defensa legal de David aclaró a los medios que lo encontrado podía ser “para consumo propio”. Por tener ya 18 años fue llevado a la Fiscalía de Drogas.

Finalizado noviembre de 2011, otro caso confuso fue dado a conocer por la Policía Nacional. Un menor de 17 años, sobreviviente de la tragedia de los quemados el 9 de enero de 2011, con medida cautelar de “casa por cárcel”, resultó arrestado por hacer disparos a policías. El boletín de prensa policial omitió el nombre del menor.

Publicado el 19 de diciembre de 2011 en el diario
 La Estrella de Panamá. 

Justicia sin palabra
El abogado Benito Mojíca, encargado de la defensa legal de los policías acusados, negó que la bomba lacrimógena causara el incendio en el Centro de Cumplimiento y desestimó el informe del perito sobre el incendio. En una breve conversación telefónica, Mojíca nos aseguró que en el lugar había un “piromaniaco” y que podía demostrarlo. No obstante, se abstuvo de mencionar un nombre y prefirió una entrevista personal en su oficina. Luego de hora y media en espera fuera del edificio de su oficina, e incluso, después de contactarlo a través del celular y pedirnos más tiempo, no llegó. Su secretaria desde la bocina de la entrada respondió finalmente que no se daría la entrevista. Entre los acusados por este caso, además de los custodios civiles que estaban de turno, se incluyó a unas nueve personas, la mayoría policías, quienes permanecieron bajo “detención preventiva” y labores administrativas en la sede policial de Ancón. Inicialmente también se detuvo a directora del Centro, a quien las autoridades judiciales exoneraron de los cargos de homicidio, castigo infame, vejación y medidas arbitrarias.

Cuatro días antes de acabar su mandato [1 de julio de 2014], el presidente Ricardo Martinelli firmó un decreto para indultar a una lista de personas, entre ellas, y sin que se les hiciera juicio, a los  policías, custodios y funcionarios directivos acusados por el incendio del Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen y los homicidios de cinco adolescentes quemados vivos, más los daños a dos sobrevivientes. Con el nuevo gobierno de Juan C. Varela los indultos fueron anulados para realizar el juicio.

Cuando crecieron las llamas
Solo tres custodios estaban de turno el domingo 9 de enero de 2011 en el Centro de Cumplimiento para menores de edad de Tocumen. Dos cuidaban los pabellones ocupados por jóvenes que en espera de juicios cumplieron 18 años de edad. El otro custodio vigilaba el pabellón de aquellos con 17 años o menos. No más de 150 jóvenes en total. El pabellón nueve (con 10 celdas) albergaba al menos 41 internos, siete de ellos en la número 6. La versión del custodio de turno ante la Comisión Investigadora de la Asamblea Nacional, fue que los chicos de ese pabellón rompieron primero el candado de una celda y logró controlarlos con gas pimienta pidiendo ayuda a un compañero. Tuvieron que usar balas de goma hasta agotarlas y recurrieron a los perdigones. Avisaron a la directora del Centro, quien habría llegado desde su casa. Ésta, temiendo una fuga masiva llamó a la Policía Nacional. Los pelaos habrían abierto tres celdas más. Solo los contenía el portón principal del pabellón. Amotinados, lanzaban bolsas con orine, excremento y caliche, según los custodios. Se escudaron de los perdigones usando los colchones. Una docena de uniformados del Grupo de Apoyo (GAS) de la Policía reforzó la contención repartiendo más bombas lacrimógenas y por un primer conato de incendio se llamó (1:20 p.m.) a los bomberos, quienes luego de controlarlo —a portón cerrado— sospecharon que en la parte trasera del Centro había más fuego. Aparentemente los policías impidieron la inspección, alegando que esa zona estaba bajo control y ordenaron retirar el cisterna.
Los informes preliminares de investigación forense indicaron que la causa del siniestro pudo ser una granada lacrimógena y se descartaba la posibilidad de alguna falla eléctrica en la celda 6, la cual alegó la defensa de la Policía como detonante del fuego, provocado por los menores. El Ministerio Público también inspeccionó a la armería del GAS determinan que se lanzaron cuatro bombas, dos en los pasillos y dos en la celda trágica. Sin embargo, en la que hicieron al pabellón nueve, un día después del suceso los especialistas del Cuerpo de Bomberos, solo se encontró un cartucho metálico adentro de la celda 6 y otra en el pasillo. De las otras dos solo hallaron restos o palancas.



La serie completa incluye 
La Transformación de la Barbie