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viernes, 17 de julio de 2015

‘Me salvé en la tumba’, La tragedia de los menores quemados (Parte III)

Por: Luis Alberto González González
PANAMÁ- Cuando las llamas se englobaron despiadadas en la celda 6, a David un impulso de desesperación lo llevó a meterse debajo de la “tumba” de cemento. Un reducido espacio mal cuadrado en el que apenas cabía su flaco cuerpo de 17 años, el cual tuvo que disputarse con uno de sus amigos para poder sobrevivir, asegura Yesica, su hermana mayor.
David y Cristian, de 16 años, son los únicos que salieron con vida después de ser internados en la Sala de Quemados del Hospital Santo Tomás en enero de 2011. Salieron a los 31 días David, a los 57 Cristian.
Ambos, con medida cautelar de casa por cárcel concedida por las autoridades debido a lo ocurrido, dejaron el hospital custodiados por los abogados y familiares, y perseguidos por cámaras y micrófonos de periodistas intentando saber qué causó el incendio.
David volvió a su casa en Santa Eduvigis de Tocumen, cerca del aeropuerto internacional, no muy lejos del Centro de Cumplimiento, el jueves 10 de febrero, luego de un mes hospitalizado por las quemaduras que sufrió. El sábado siguiente declaró en una entrevista al diario La Estrella de Panamá que ellos en la celda 6 no participaban de la revuelta carcelaria. Estaban encerrados, de otra manera no se habrían quemado. Aún así les dispararon perdigones. A Cristian le dio uno en la mano, dijo. Sostuvo que la segunda lacrimógena que introdujo un policía por la ventana fue la que generó el fuego en el colchón.
“Yo me salvé porque me metí en la tumba… Pedíamo’ que nos dejaran salir, los policías nos insultaban, se reían. Cuando ‘tábamos en el patio nos pegaron”. Eso fue lo único que dijo David ese día, junto a su abogado, mientras seguían las investigaciones del Ministerio Público. Su respiración forzada entrecortaba el acento de barrio y mutilaba las palabras. Su voz estaba ronca por los gritos y el efecto del gas repelente mezclado con humo. Le dieron hasta en la cabeza, añadió. Las cicatrices se le veían todavía frescas entre los cráteres de cabello trasquilados. Las quemaduras, aún rosadas en sus brazos el cuello, lo martirizaban a pesar de los cuidados familiares, de su madre y hermanos.

TRAUMAS Y PESADILLAS
 —A David se le hizo mucho daño. Ahora hay que sacarle las palabras, esquiva hablar de lo que pasó— nos explicó su hermana Yesica a finales de junio (2011), pasados casi seis meses de la tragedia y cinco de la salida del chico del hospital. La mujer de 25 años hablaba con timidez y consternación a la vez. En los ojos un misterio pausaba las frases.

 —Cuando se prendió el colchón en la celda, Cristian y mi hermano se pusieron mucha ropa porque el fuego no se apagaba.

Eso le dijo David, charlando entre hermanos que se tienen confianza. Ella había decidido atenderme luego de varias llamadas a su celular. La encontré mientras esperaba en la Pediátrica del Seguro Social de Carrasquilla a que le pusieran mascarillas a sus dos hijos, de cuatro y dos años, agobiados por el resfriado e inquietos corriendo los pasillos.

 —Mi hermano pudo haber sido lo que fuera, pero estaba en perfectas condiciones. El deber de ellos era devolverlo bien.

Él purgaba tres años por un robo agravado con arma de fuego a una estación de gasolina, del cual Yesica dijo no recordar detalles, ni cuánto tiempo había pagado en la cárcel. Lo que sí recordó fue que los últimos meses con el hermano en casa habían sido diferentes. Su mal humor por cualquier cosa, combinado con el desánimo, en principio hicieron ver a su familia a un David distinto. Ese David que antes cooperaba voluntarioso haciendo oficios, parecía no tener ganas ni por la vida. Según Yesica había que ponerse en sus zapatos para entenderlo. Desde su regreso hubo muchas noches en las que no quería que le apagaran la luz para dormir. 
David le confesó en confianza que en el hospital, cuando despertó del coma, veía a muchas personas a su alrededor, pero no había nadie. En una ocasión se tiró de la cama asustado por las pesadillas, se veía quemándose. Despertaba ahogado por la debilidad de sus pulmones. Se le aparecían las escenas de sus seis amigos de celda entre las llamas; esas imágenes irrumpían abominables entre los recuerdos de amistad con sus compañeros.
—Recuerda a José con el pellejo colgando de los brazos; los gritos, rostros, la cándela... Cuando finalmente les abrieron la puerta, fue David quien dio aviso a los policías de que uno seguía adentro porque no podía caminar. Los agentes no quisieron ir a sacarlo, ordenándole a él y a Cristian buscarlo. Él dice que tiene que ser fuerte, que es hombre. Por eso no lloró en la reconstrucción del caso. Cristian sí.
La mujer, reacomodando su peso en la silla de espera, se interrumpió regañando a los hijitos para aquietarlos. El más chico entró en crisis de tos y el grandecito, muy enojado, se resistía para no hacerle caso.

NUEVAS ILUSIONES
Durante esos días devuelta a casa las cosas sin embargo empezaban a bosquejar nuevos horizontes. Aunque mantenía una parálisis parcial desde el cuello al mentón, David ya podía unir sílabas más entendibles. Y una nueva relación con una vecina revivía sus ilusiones.
— Eso le ha despertado ganas de trabajar para ayudarla, ella tiene un hijo de otra relación que fracasó...
Algo de suerte lo acompañaba también. En una construcción cercana donde trabajaban conocidos suyos le ofrecieron trabajo para ayudarlo. Incluso, no sería necesario que hiciera tareas pesadas por su condición de salud. Su abogado le recomendó que no, por su condición con la justicia, subrayó la hermana.
Tendría entonces que seguir con los videojuegos, el celular, el Internet y la televisión bajo techo y cuatro paredes. Solo podía salir cuando iba a terapia psicológica. Su madre y Yesica, pendientes de esas evaluaciones, sabían que el asunto tomaría tiempo. Tiempo para curar heridas de la carne y de la mente… Y es que en la infancia de David se repite el mismo patrón de Omar, el hijo de Marquesa Bersal, uno de los cinco fallecidos.  Épocas turbulentas de familia que no pasaron en vano, por las que dejó la escuela y dio malos pasos. A pesar de eso, David culminó un curso de sastrería en el Centro de Cumplimiento al cual lo inscribió la mamá, estaba tranquilo.

— ¿Sabes el nombre del otro que presuntamente no cabía con tu hermano en la tumba?, pregunté.
— Era uno que ellos en la celda llamaban “Hijo”, respondió dudosa. Los ojos negros se volvieron a perder en la nada.
Aquello trajo en silencio otro misterio pasado. Doña Marquesa había dicho en su entrevista que solía encontrarse en el Ministerio Público a la hermana de uno de los sobrevivientes que pregunta por el hijo: “Es una gordita ella, medio acholá. Ella siempre me dice que el hermano pregunta por mi hijo creyendo que está vivo y yo le digo: ¿Ustedes no le han dicho que Omarcito murió?”.
— Solo sé que le decían Hijo — volvió a la luz Yesica.

MALOS RATOS
En el transcurso de un año David ha tenido otros tropiezos con la ley. Durante un hecho confuso de aparente violencia intrafamiliar a mediados de abril, su padrastro lo acusó de haberle disparado con arma de fuego en la casa. La Policía informó que el hombre mostró en la denuncia los orificios de bala en su automóvil. La madre de David, doña María de 45 años, golpeada en el rostro, alegó que el hombre con quien tenía una relación irrumpió la residencia, la agredió e intentó ahorcarla. Su hijo la defendió.
Llegado junio David fue detenido por policías en los predios del Centro de Menores Arco Iris (otro reclusorio de menores en Tocumen) donde se daba un motín interno. Posteriormente en los medios se informó de otra detención fuera de su casa, se le halló cinco carrizos de presunta cocaína cuando intentaba huir de la ronda policial. La defensa legal de David aclaró a los medios que lo encontrado podía ser “para consumo propio”. Por tener ya 18 años fue llevado a la Fiscalía de Drogas.

Finalizado noviembre de 2011, otro caso confuso fue dado a conocer por la Policía Nacional. Un menor de 17 años, sobreviviente de la tragedia de los quemados el 9 de enero de 2011, con medida cautelar de “casa por cárcel”, resultó arrestado por hacer disparos a policías. El boletín de prensa policial omitió el nombre del menor.

Publicado el 19 de diciembre de 2011 en el diario
 La Estrella de Panamá. 

Justicia sin palabra
El abogado Benito Mojíca, encargado de la defensa legal de los policías acusados, negó que la bomba lacrimógena causara el incendio en el Centro de Cumplimiento y desestimó el informe del perito sobre el incendio. En una breve conversación telefónica, Mojíca nos aseguró que en el lugar había un “piromaniaco” y que podía demostrarlo. No obstante, se abstuvo de mencionar un nombre y prefirió una entrevista personal en su oficina. Luego de hora y media en espera fuera del edificio de su oficina, e incluso, después de contactarlo a través del celular y pedirnos más tiempo, no llegó. Su secretaria desde la bocina de la entrada respondió finalmente que no se daría la entrevista. Entre los acusados por este caso, además de los custodios civiles que estaban de turno, se incluyó a unas nueve personas, la mayoría policías, quienes permanecieron bajo “detención preventiva” y labores administrativas en la sede policial de Ancón. Inicialmente también se detuvo a directora del Centro, a quien las autoridades judiciales exoneraron de los cargos de homicidio, castigo infame, vejación y medidas arbitrarias.

Cuatro días antes de acabar su mandato [1 de julio de 2014], el presidente Ricardo Martinelli firmó un decreto para indultar a una lista de personas, entre ellas, y sin que se les hiciera juicio, a los  policías, custodios y funcionarios directivos acusados por el incendio del Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen y los homicidios de cinco adolescentes quemados vivos, más los daños a dos sobrevivientes. Con el nuevo gobierno de Juan C. Varela los indultos fueron anulados para realizar el juicio.

Cuando crecieron las llamas
Solo tres custodios estaban de turno el domingo 9 de enero de 2011 en el Centro de Cumplimiento para menores de edad de Tocumen. Dos cuidaban los pabellones ocupados por jóvenes que en espera de juicios cumplieron 18 años de edad. El otro custodio vigilaba el pabellón de aquellos con 17 años o menos. No más de 150 jóvenes en total. El pabellón nueve (con 10 celdas) albergaba al menos 41 internos, siete de ellos en la número 6. La versión del custodio de turno ante la Comisión Investigadora de la Asamblea Nacional, fue que los chicos de ese pabellón rompieron primero el candado de una celda y logró controlarlos con gas pimienta pidiendo ayuda a un compañero. Tuvieron que usar balas de goma hasta agotarlas y recurrieron a los perdigones. Avisaron a la directora del Centro, quien habría llegado desde su casa. Ésta, temiendo una fuga masiva llamó a la Policía Nacional. Los pelaos habrían abierto tres celdas más. Solo los contenía el portón principal del pabellón. Amotinados, lanzaban bolsas con orine, excremento y caliche, según los custodios. Se escudaron de los perdigones usando los colchones. Una docena de uniformados del Grupo de Apoyo (GAS) de la Policía reforzó la contención repartiendo más bombas lacrimógenas y por un primer conato de incendio se llamó (1:20 p.m.) a los bomberos, quienes luego de controlarlo —a portón cerrado— sospecharon que en la parte trasera del Centro había más fuego. Aparentemente los policías impidieron la inspección, alegando que esa zona estaba bajo control y ordenaron retirar el cisterna.
Los informes preliminares de investigación forense indicaron que la causa del siniestro pudo ser una granada lacrimógena y se descartaba la posibilidad de alguna falla eléctrica en la celda 6, la cual alegó la defensa de la Policía como detonante del fuego, provocado por los menores. El Ministerio Público también inspeccionó a la armería del GAS determinan que se lanzaron cuatro bombas, dos en los pasillos y dos en la celda trágica. Sin embargo, en la que hicieron al pabellón nueve, un día después del suceso los especialistas del Cuerpo de Bomberos, solo se encontró un cartucho metálico adentro de la celda 6 y otra en el pasillo. De las otras dos solo hallaron restos o palancas.



La serie completa incluye 
La Transformación de la Barbie 

jueves, 16 de julio de 2015

El dolor de Teresa. La tragedia de los menores quemados (Parte II)


Por: Luis Alberto González González
PANAMÁ- A Teresa Rentería una mala espina le daba vueltas como un gusano en el cerebro cada vez que su hijo José se iba a donde la abuela, en Cerro Batea, no muy lejos de Villa María, San Miguelito adentro. 

Era uno de esos presentimientos de madre que por más que trataba de ignorar aparecía y reaparecía incógnito a lo largo de las horas, y que solo se desvanecía cuando el chico volvía a entrar a la casa.

José estaría con su primo Víctor en esas andanzas de chiquillos adolescentes jugando fútbol o videojuegos y, además, sus tíos y parientes lo cuidarían, por lo que no debía pasar nada malo. Así el muchacho se escurría del aburrimiento en su casa los fines de semana sin colegio.

 — ¡No exageres tanto oye! Tú cuidas a ese pelao como una niña— le replicaba Mariana, tía de José y madre de Víctor, en aquellas conversaciones que se dan en familia cuando Teresa hacía visitas de paso o iba a buscar sobreprotectora al hijo.

Mariana se lo decía a Teresa sin saber que a ésta la desconfianza le venía del propio sobrino, Víctor, hijo de ella.

—José, tú no tienes que hacer lo que él hace…–, lo aconsejaba desde el camino hasta ya dentro de la casa. Se lo repetía sin falta antes de que se fuera a donde la abuela y a su retorno, presintiendo el futuro y sintiendo lo pasado.
A partir de la separación con el padre de sus hijos, Teresa tuvo que salir a trabajar para mantenerlos sola. Eso fue cinco años antes de la tragedia. José, el mayor de los tres frutos de aquella relación anidada 15 años atrás en Villa María, sufrió mucho la ruptura; tenía apenas 11 años entonces, lloraba, y los otros niños se burlaban de él.

BUENAS COSAS
Teresa, con otro hijo de pecho y una niña pequeña, se vio en la encrucijada que viven muchas mujeres: dejarlos solos en la casa para irse a ganar el pan, o quedarse a cuidarlos y esperar a que el papá se hiciera responsable de darles la pensión alimenticia.
Tuvo que salir a trabajar, en ocasiones hasta en dos lugares doblando jornadas.
Pero al menos José la ayudaba. Al volver encontraba todo en orden. Los sillones estirados, los trastos fregados, la sala barrida y en la estufa el arroz listo, esperando tal vez unos huevos que ella comprara para hacer torta. Los 4.5 del chiquillo también le daban sus fuerzas para sacarlos adelante.
No era para menos que entonces lo cuidara tanto siendo el mayor. Y tampoco lo fue al llegar la hora en que su corazonada de madre se empezó a hacer realidad.
El día que José quedó en manos de la ley, Teresa dejó enseguida el trabajo y se salió hacia la estación policial de menores de San Miguelito con la esperanza de poder llevárselo a casa. Luego de largas horas pudo verlo, estaba golpeado como consecuencia del robo frustrado a una residencia. 

Aquello ocurrió a finales de 2009, cerca de la casa del primo Víctor, de 17 años. José era quien vigilaba por si alguien se acercaba. Los otros sacaban de la propiedad lo que tuviese valor.
Todo lo habrían planeado una tarde, detrás de la casa de una vecina de Víctor sin darse cuenta que la doña, poniendo oídos entre los bloques ornamentales de la pared, los escuchó hablar.

 — ¡No seas ahueva’o! Tu mamá no te va a dar lo que vamos a tumbá... — Eso le decían al hijo de Teresa, el primo y otros dos adultos quienes serían los cabecillas.
Pero su nerviosismo e inexperiencia lo traicionaron.
Nunca previeron la aparición del dueño de la residencia y, en minutos, las unidades de la Policía desataron la persecución cruzando balazos. José fue el primer capturado,  quedó congelado del miedo. A Víctor le hirieron una pierna, lo llevaron al Hospital San Miguel Arcángel.
Desde ese episodio las angustias de Teresa crecieron interminables. Fueron meses exigiendo justicia porque su hijo era el único privado de libertad, mientras que Víctor había salido del hospital y otra vez jugaba fútbol con los amigos.

 —A mi hijo lo amenazaron para que no denunciara a nadie. Prefería no debía a su primo.

Sin embargo, igualmente acabó detenido por la presión a las autoridades. Entonces se dictó sentencia: A José le dieron 30 meses por complicidad y a su primo 42 meses como autor del robo. Ninguno de los adultos que participaron fue detenido y menos condenado. Al darse la condena, José ya tenía unos siete meses en el Centro de Menores Arco Iris, de donde le trasladaron al Centro de Cumplimiento de Tocumen, a la celda 6, junto a Víctor.
Cumplido el primer año de encierro, Teresa había conseguido que le concedieran al hijo una medida cautelar para que no perdiera la escuela. Las buenas calificaciones, su historial policivo sin manchas antes del atraco y el buen comportamiento en el Centro lo ayudaron. Solo que nunca lograría llevarlo a casa.
Llegado el domingo 9 de enero de 2011, al muchacho solo le faltaban nueve días para salir bajo condición; aún así, a Teresa la renació una angustia inexplicable después que lo visitó en el Centro aquel último viernes, dos días antes del incendio.

 — Me pidió que le llevara agua porque tenían rato sin una gota. Yo pensaba llevarle los galones y comida el lunes, suficiente, porque compartía con el primo y los otros—. La mujer lo dice mientras se quita lágrimas repentinas. El dolor como en el primer día de la muerte de José, la hacía callar.

 —Su primo y los otros me gritaban que no tuviera cuidado, que José estaba bien, que pronto saldrían. Eso es lo que no comprendo, si todos ellos ya iban a salir a otros centros para qué iban a prender la celda como se dice ahora—. Las preguntas y dudas le sobraban. Como el abanico que llevó días antes a su hijo, mas no le permitieron pasar porque la celda estaba sin electricidad. —La Policía dice que los pelaos hicieron un corto para incendiar un colchón…—.

EN VILLA MARÍA
Ese mismo abanico nos refresca dentro de la casita de Teresa meses después. Empezaban los días lluviosos de noviembre y por un rastreo de sabueso habíamos dado con la dirección  en Villa María, una de las tantas comunidades que extiende sin fin el horizonte de San Miguelito. Lleno de techos viejos, matorrales, árboles, calles con huecos y caminos lodosos, los cuales bajan y suben colinas que a medida se avanza nunca terminan. El trayecto en mi auto nos había dejado claro que si el diablo olvidara una chancleta por allá, seguro no regresaría a buscarla.

—Esto por aquí es muy tranquilo— agregó la señora sentada en el sillón, justo debajo de unas camisas, blusas y pantalones guindadas a lo largo de una carriola del techo.

A su lado, recostado a la pared gris sin adornos, un viejo árbol navideño de plástico y en el escaparate de madera, un televisor 12 pulgadas, adornos de cerámica y tres retratos bien enmarcados. De izquierda a derecha el de José, su hermana y el bebito. Próxima a la puerta, pegada a la pared, una mesa de comer mediana sobre la cual Teresa y su hija acomodaban los adornos y guirnaldas navideñas verdes que desempolvaban justo cuando interrumpimos desde afuera voceando “buenas”. Su perro flaco nos ayudó ladrando.

Doña Marquesa Bersal, la madre de Omar Ibarra —el primer fallecido— y quien se ofreció a guiar la búsqueda de la casa con una dirección que resultó errada; al igual que el fotógrafo Manuel Buenaventura, entraron conmigo a la sala midiendo pasos silenciosos, tan pronto Teresa nos dio permiso, algo incrédula.

 —Por eso José se cabriaba acá —continuó Teresa. Se pasaba en la hamaca del patio y a veces con otros vecinos en la vereda. Por eso se iba a donde la abuela, por lo aburrido aquí— pronunció a voz quebrada. Su hija adolescente disimuló la pena pasando la escoba al linóleo de cuadros chocolates reuniendo un poquito de polvo.

La mujer dice que sigue escuchando a su hijo gritando agua. Es la escena grabada en los laberintos de su mente. La entristece también que a la fecha José debió salir por la cautelar. Su hija estaba cumpliendo 14 y en enero sus 15 años serán igual de dolorosos, pues se cumple a la vez el primer año de la muerte del hermano.

 —Ese domingo cuando me llamaron, solo me dijeron que si podía ir al hospital, pregunté por qué y solo me dijeron que José se había quemado… —hizo pausa, bajando un nudo en la garganta —Yo confío en Dios que se hará justicia…

AMARGAS HORAS
En la sala de quemados del Hospital Santo Tomás, Teresa entró buscando a José por todos lados. Dio varias vueltas mirando a los que estaban en las camillas sin lograr verlo. Angustiada, los nervios a duras le permitieron preguntar a una enfermera.

 — ¿Dónde está mi hijo?
 — ¿Cómo se llama?
 —José Frías.
 —Es ese que está ahí mismo.

Lo tenía enfrente.

 — ¡Ese no es él!

 —Sí, es él—insistió con un dedo la mujer de blanco— él dijo ese nombre cuando lo trajeron.

Su rostro era otro. 

A Teresa el mundo se le detuvo observándolo. Y en instantes sintió caer su alma al suelo…

José solo resistió cinco días, fue el tercero en morir.


Durante la mañana del 22 de enero, trece días después del infierno, los padres de Víctor llegaron a la Sala de Quemados a visitarlo, encontrando la cama vacía. 

El personal encargado les pidió salir y que aguardaran calmados hasta ser informados  porque al paciente los pulmones ya no le funcionaban. Luego, los médicos informaron que intentaron revivirlo de un paro cardiaco… 

Víctor se convirtió en la quinta víctima de la celda 6. Su madre se desvaneció ante la noticia y fue llevada a la Sala de Urgencias, donde la tuvieron que sedar para controlarla. Se negaba la muerte del hijo, pedía al cielo morirse.

Ese chico que quería perfeccionar sus técnicas de fútbol para llegar a ser como los grandes de la tele. Ese que vieron crecer inquieto y que según dijeron después a los medios los familiares, agobiados entre lágrimas, también “era un buen pelao”, a pesar de todo.



Versión impresa publicada 
el 20 de diciembre de 2011